La invitación (Culiacán, paraíso ardiente).

por Leticia Floresmeyer

El puente negro en Culiacán

El puente negro en Culiacán

Mi familia es de Culiacán. Mi mamá se vino a vivir al Distrito Federal a los dieciocho años, seis años después se casó con mi papá y se quedaron aquí. Mi mamá es feliz en  la Ciudad de México pero es indispensable que una o dos veces al año por lo menos regresemos a nuestro nicho cultural a que nos consientan y nos engorden. Culiacán para nosotros es un paraíso ardiente que nos cobija y nos entretiene, significa amor familiar y tardes letárgicas encerrados en la cocina de mi abuela disfrutando el simple placer de hacer absolutamente nada.

Pero esa no es la idea que representa Culiacán en el imaginario colectivo mexicano. En la mente de mis amigos cada vez que voy a Sinaloa aparece la cuna del narco, se vislumbran algo parecido a la película “El Infierno” (de la cuál no tengo las mejores opiniones, pero eso es otro tema) y en lo único que piensan es en el Chapo Guzmán y claro, en mis hermosas primas.

No puedo negar que no conozco de cerca el narcotráfico, pues mis largos veranos y navidades los pasé escuchando historias de sobremesa que describían las crípticas vidas de esta gran amenaza de nuestro país. Interesantemente muchas de las historias que circulan en casa de mis abuelos son de cuando los narcotraficantes  eran más Malverdes que Zetas. A eso me refiero que con sus pueblos eran más altruistas y menos violentos.

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Malverde

Hay una historia que desde el primer día que escuché se grabó en mi cabeza, una historia a la que llevo dándole vueltas y vueltas, buscando una manera de contarla. Pero era una historia de tertulia, una leyenda urbana que me parece ejemplifica cosas importantes de la sociedad que convivía con el narcotráfico, y que lo hacía de alguna manera, en paz. Después de buscar mucho y con promesas de mantener su anonimidad, la persona que vivió esta historia accedió a contármela con detalle para que se pudiera publicar.

Empecemos la historia.

Nuestro personaje principal es un médico a quien llamaremos Dr. Gutiérrez. Nuestro médico creció en Sinaloa y ha vivido el narcotráfico desde los inmigrantes chinos, que sembraban opio y amapola en los campos de la sierra hasta el pico del cártel de Sinaloa. Cuando hablé con él por teléfono le pedí que me contara la historia de su secuestro y lo primero que me dijo fue: “no me secuestraron, me invitaron”.  Era 1976, un año de elecciones en México, el presidente era Luis Echeverría Álvarez y todos sabían que el sucesor sería José López Portillo. El Dr. dice que Echeverría tenía todavía un cierto control sobre los capos, pero después de él todo ese control se perdió.

El Dr. Gutiérrez se levantó un día entre semana y como siempre, fue a correr en la mañana y después regresó a desayunar a su casa para luego partir hacia su consultorio. Otro médico amigo suyo estaba de viaje y le había dejado sus pacientes a nuestro protagonista. Es un favor que se hacen los médicos. Temprano, después de desayunar, el Dr. Gutiérrez recibió una llamada. Una de sus pacientes prestadas tenía treinta y ocho semanas de embarazo y había entrado en labor de parto.

No fue un parto fácil, y nació una niña pequeñita con membrana hialina, una dificultad respiratoria de los niños prematuros que no tienen los pulmones formados. Este es el verdadero principio de nuestra historia. La niña necesitaba una incubadora y la tecnología que había en Culiacán no era suficiente. Después del parto llegó un hombre al hospital diciendo que era el tío de la madre, le dijo al Dr. Gutiérrez que el padre de la niña vivía en Nueva York y estaba ya en camino, volando en un jet, para llevarse a la niña y al Dr. a Houston.

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“Era un jet de siete piezas” nos cuenta el Dr.

A las tres de la tarde el padre de la niña aterrizó en Culiacán. Ahí fue cuando le hicieron la “invitación” al Dr. de acompañar a la niña hasta el Texa’s Children’s Hospital para asegurarse que estuviera a salvo. Interesantemente el padre de la niña conocía a un tesorero del Methodist Hospital en Houston quien se encargó de recomendar al mejor pediatra de Houston para que recibiera a la bebe. Cuando uno crece en la cuna del narcotráfico desarrolla una habilidad de identificación de narcotraficantes y buchones, que tiene un alto grado de efectividad. El padre de la niña era un narcotraficante.

El Dr. Gutiérrez tenía un pasaporte vencido pero por demanda del padre se subió al jet con la niña en una incubadora y más tanques de oxígeno de lo necesario, solo por si acaso. La vida de una recién nacida estaba en sus manos y aunque advirtió al padre que la pequeñita podría morir en el vuelo, deseaba con todo su corazón que la niña viviera. Fueron dos horas de vuelo a Houston, la niña lo aguantó perfectamente para alivio de nuestro médico.

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El hospital infantil de Texas.

El piloto del avión avisó la situación de emergencia en la que venían. Para sorpresa del Dr. cuando aterrizaron, en el aeropuerto privado, no solamente había paramédicos esperándolos sino también el jefe de terapia intensiva del hospital pediátrico. Me dice el Dr. que esto le sorprende pues son muy escasas las situaciones, sobretodo en Estados Unidos, en las que un médico con tanta responsabilidad puede dejar el hospital para recibir a una paciente que ni siquiera conoce. Supone el Dr. que “así le han de haber pagado.” La niña llegó sana y salva a la ambulancia para ser llevada al hospital.

Los demás habitantes del jet no corrieron la misma suerte. “Llegó migración y yo no sabía que hacer” me cuenta el Dr. Gutiérrez. Unos oficiales se llevaron, en una camioneta enrejada, a los cuatro hombres que iban a bordo del avión a una pequeña oficina. El piloto pidió al copiloto, al médico y al padre de la niña no hablar y dejar que él se encargara del asunto. El Dr. pensaba en su pasaporte vencido y soñaba despierto con que lo deportaran para regresar sano y salvo a su casa.

En la oficina de migración había un señor gordo con un puro en la boca que “lo podrían haber sacado de una película” dice el Dr. Gutiérrez. El piloto confrontó al oficial de migración alegando que el padre de la niña era ciudadano americano y que por lo tanto era su responsabilidad ayudarlo y facilitarlo en una situación de emergencia. La autoridad del piloto mermó a la del oficial y aún después de ver el pasaporte vencido del Dr. lo dejaron permanecer en Estados Unidos.

A las tres de la mañana llegaron a ver a la recién nacida. El jefe del hospital los recibió en la entrada y felicitó al Dr. Gutiérrez por su rápida respuesta en cuanto a las dificultades  respiratorias de la niña. La bebé estaba bien y por lo tanto ese mismo día el jet regresó al Dr. a su ansiado Culiacán. Pero el Dr. presentía que esto no iba a ser el final de esa historia, tenía toda la razón.

Exactamente una semana después el Dr. recibió otra llamada que decía que lo necesitaban, iban a dar de alta a la niña y había que ir a recogerla. Volaron de nuevo en el jet. En esta ocasión iba  atiborrado de familiares de la pequeña; aterrizaron en Laredo para encontrarse con otra confrontación con “la migra” que resultó en que el Dr. pudiera entrar de nuevo a Estados Unidos.

Llegaron a un hotel que dejó impresionado a nuestro sencillo médico y al llegar al hospital el Dr. fue tratado como si siempre hubiera trabajado ahí.  El padre de la niña lo invitó a cenar a su cuarto en la noche. Era un hombre amable y callado. Mientras cenaban el padre recibió a un hombre colombiano que entregó un maletín plateado. El Dr. Gutiérrez restringió su curiosidad. Cuando alguien preguntó en el hospital acerca del padre y el trato que recibía alguna otra persona se limitó a comentar “he’s a very important business man”, era eso para ellos, un hombre de negocios muy importante. Nadie dijo nada más.

Al día siguiente el padre de la niña le dijo al Dr. Gutiérrez que quería asegurarse que si algún otro niño nacía en Culiacán con dificultades respiratorias el hospital estuviera equipado para salvarlo. Le pidió una lista al médico de todo lo necesario para tratar a recién nacidos con dificultades respiratorias. La lista fue hecha y los elementos comprados ese mismo día, entre ellos una incubadora especial que mandarían desde Chicago.

El Dr. ya no regresó en el jet, lo mandaron en un vuelo comercial, en primera clase y regresó a Culiacán, con su pasaporte vencido sin un solo problema. Después llegó todo el equipo médico que salvaría varias vidas en los años siguientes, una donación anónima. Le pregunté al Dr. si sabía algo más de la familia. La recién nacida ya tiene hijos propios y el padre fue apresado y parece que ya murió. No sabe nada más y no está seguro de querer saber nada más.

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5 Respuestas a “La invitación (Culiacán, paraíso ardiente).

  1. Que interesane historia!! es increíble como el narcotráfico en México es tan poderoso, me atrevería a decir que resula ser más poderoso que el gobierno en sí. los narcotraficanes tienen el poder para corromper a cualquiera. me resulta increíble la relación hasta con el hospital, es impresionante lo que el dinero puede hacer, al igual que las amenazas. Es terrible el caso del secuestro del DR gracias a Dios no le hicieron nada, pero el miedo que tuvo que haber causado en el seguramente lo afectó de por vida al igual que su familia..
    Muy buen reportaje!

  2. letyfloresmeyer

    Muchas gracias!!! Si, por eso dice que no fue un secuestro, pero imagínate si esa historia sucediera ahorita, no sería una invitación.

  3. Excelente e íntimo tema sobre una situación que personalmente vivo y vivimos todos los que estamos al norte del país.

  4. Nunca me hubiera imaginado que esas historias pasaran fuera de las películas, gracias por compartirnos esta historia, es muestra del poder que tienen los narcotráficantes y se que siempre lo tendrán

  5. Muy buena historia Lety, cuando quieras te cuento otra que también tuvo un final feliz. Saludos

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