Crónica: Regresando a Tampico

Por: Mariel Vela

Si uno deja la ventanilla del avión abierta, se cuela el sol. Un vuelo de 45 minutos es lo que toma regresar. Hay algo que invariablemente nos arrastra de vuelta al lugar en el que crecimos. El deseo por lo familiar, lo conocido, lo amado. Cerca del Golfo que lame Tamaulipas, está el puerto de Tampico. Una ciudad tan norteña como huasteca, caliente, húmeda y soleada. El avión comienza el descenso a medida que se va acercando a su destino, se comienzan a observar pequeñas casas que van dando forma a avenidas principales como Miguel Hidalgo, la Universidad Autónoma, uno que otro hotel y piscinas en forma de riñón.

No hay una sola nube, es uno de esos días de mas de 30°C. Aterrizamos, los pasajeros caminan por el túnel para recoger su equipaje, los aires acondicionados rugiendo a máxima potencia hasta llegar a la banda. La gente se arremolina alrededor de la misma, mientras observa a través del cristal a un militar con su perro esperar las maletas. El proceso es bastante simple y rutinario en la llegada al puerto; el perro olfatea el equipaje, se sube y lo examina rápidamente. Una vez confirmado que no haya alguna sustancia o cargamento ilegal, se procede a la devolución. Hay una pareja de militares a la salida, ambos vestidos de verde seco con las piernas ligeramente abiertas y las armas al pecho. Nunca he sabido que postura tomar al verlos, si decirles buenos días, sonreír o simplemente caminar entre ellos. Para la mayoría de los ciudadanos no simbolizan ninguna sospecha de peligro, pues el peligro siempre es potencial, no importa el lugar ni la hora. Se han vuelto parte inamovible del panorama.

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Huele a mar. Esto se nota más fácil cuando uno lleva mucho tiempo sin visitar Tampico, o cuando es foráneo. La densidad del aire provoca que la ropa se pegue a la piel y que se comiencen a formar gotas de transpiración arriba de los labios. En la secundaria y en la prepa, muchas veces uno no sabía si las niñas iban a la escuela o a la playa. Los jeans eran sofocantes a partir de abril, por lo que se utilizaban shorts de mezclilla peligrosamente cortos, chanclas de pata de gallo y blusas de telas ligeras. Los maestros siempre amenazaban con castigar la vestimenta tropical de las alumnas, pero nunca se efectuaba ninguna consecuencia. Era peor aún el último día de clases antes de Semana Santa. Los bikinis fosforescentes se transparentaban a través de las blusas, todas olían a bronceador y en la mochila en vez de traer cuadernos traían toallas y CD´s quemados con la música de moda para dar vueltas en “el rol” por horas a ver a quién se encontraban. “Los Pañales”, “Los Charros”, “Los Eróticos”, “Los Soviets”, “Los Hazzers”, “Los Leprechauns”, “Las fetos”, “Las pollas”, “Morra banda” “Las Q`z” “Las Bethers” y un sin fin de grupos de amigos de diferentes edades y escuelas se congregaban en el mismo lugar, para ver a la misma gente, cambiarse de carro y en una que otra ocasión jugar carreritas. Predominaban las pick-ups y la mejor hora para estar ahí era a partir de las cinco de la tarde. Hoy en día uno da la vuelta por el “rol” solo para llegar a un destino, no se tocan claxons, no se bajan los vidrios y ya nadie busca caras conocidas. Si se encuentran dos conocidos se saludan con la mano y seguirán su camino.

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No todos huimos del plomo. Hay quiénes huyeron de convertirse en su mamá, de la humedad, de la lentitud. Esa lentitud viscosa, tampiqueña y deliciosa que provoca la languidez emocional. Sin embargo es indiscutible que hubo una migración de familias por distintos motivos y hacia distintos lugares. Unos aprovecharon la inseguridad para poder irse a estudiar a otras ciudades mas grandes, otros huyeron con renuencia contando los días para regresar y estuvieron aquellos que siempre quisieron irse. Al volver, uno se topa con una ciudad que a primera vista parece ser la misma de antes. En efecto poco ha cambiado, no hay inversión en nuevos negocios, no hay competencia, no hay desarrollo, hay miedo, por lo que Tampico se quedó congelado, justo como lo imagino en mi memoria. No solo el viento se esta quieto, sino que las personas continúan en su vaivén cadencioso, etílico, tratando de aferrarse a un pasado que no volverá. “La gente ya se está regresando, vas a ver que volverá a ser la ciudad que era antes.”, dice la mayoría. Los hombres que se han ido a estudiar fuera, regresan a hacerse cargo de los negocios en casa. Sus planes de fin de semana involucran los mismos lugares a los que iban cuando tenían diecisiete años, a hacer lo mismo sábado tras sábado. Cuando llegan las épocas del año en que muchos tampiqueños regresan para pasar vacaciones de diciembre o una Semana Santa, en los eventos sociales se observa una necesidad sombría por traer de regreso las tradiciones y las fiestas que hoy en día no tienen la misma vida de hace unos años. Las señoras de sociedad tienen sus Cartiers en caja fuerte, andan en carritos viejos, cuando estaban acostumbradas a andar en camionetas, las cuotas para entrar a las mejores primarias de la ciudad no existen mas, algunos han dejado incluso de ir al cine. Hace unos años la gente estaba paralizada por el miedo, hoy en día ya no tienen miedo pero se topan con las ruinas que este mismo dejó.

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Un día de abril del 2009 Joaquín jugaba en el torneo de golf anual del Campestre. Este año muchos habían decidido no participar, incluso irse fuera de la ciudad. Sólo le quedaban 5 hoyos para terminar, ya eran alrededor de las 3:00 p.m. Al momento de hacer su swing, se escucha el contacto del bastón con la pelota. Alrededor de esa hora como señalan las cámaras de su casa, otro bastón golpeaba contra el vidrio de una ventana de su casa. Se llevaron los anillos de matrimonio de su mamá, sus visas y pasaportes. “Pero nada es peor que la sensación de que entraron a tu casa, en una calle transitada, en plena luz del día”, dice Joaquín.

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 2 de julio del 2010. Fue el día que Sofía decidió ir al Oxxo de Lomas de Rosales. Fue el día que yo no sabía si iba a volver a ver a mi amiga otra vez. Al salir de la tienda no sabía que iba a haber un carro esperándola. Era de esperar que pidieran rescate y en efectivo. Eran oportunistas de lo que muchos se han limitado a llamar “la situación”. El Oxxo de Lomas de Rosales se volvió un hoy spot para levantones. “Me gusta vivir en México D.F., pero me entristece el hecho de que mis hijos no vayan a tener la misma infancia que yo tuve, no voy a poder llevarlos al Parque de la Petrolera”, dice Lorena una estudiante de la Ibero tampiqueña. La mayoría de las fiestas o reuniones del último año de preparatoria de mi generación se dieron entre cuatro paredes, en casas de amigos conocidos, si llegaba a haber rumor de una balacera probablemente se extenderían colchas en el piso, almohadas en el sillón y todos pasarían la noche ahí.

Alado de Byblos, uno de los antros mas antiguos y populares de la ciudad, se encontraba un lugar de moda llamado Bengal. Parecía que uno entraba a una jungla, la transpiración hacía una bruma en forma de vapor, pues a pesar de que siempre insistieran los trabajadores que prendían el aire acondicionado, la verdad era que uno apenas podía caminar entre la multitud y eran noches calientes.Al preguntar a Oscar de 23 años alguna anécdota que tuviera que ver con Bengal recordó un fin de semana del 2010. “Estábamos en una mesa en Bengal, divirtiéndonos como todos. De repente llega un cadenero y nos avisa que debemos irnos de inmediato. Al preguntarle molestos el por qué, nos pidió perdón y nos dijo que esa mesa era para alguien muy importante que por favor nos fuéramos para que no hubieran problemas. No hizo falta dudar mas de dos segundos que habían llegado los malitos y que querían nuestra mesa. Nos fuimos a otro lugar”.  La gente se salía para fumar un cigarro o simplemente para agarrar aire. Los hombres aprovechaban para coquetear con las niñas. Tal vez alguno se ofrecería a llevarte de regreso a tu casa, en realidad todos eran de confianza, las familias se conocen entre sí a la perfección. En el camino, habrían varios retenes, incluídos los de los militares con sus camionetas enormes. Uno se acercaría al carro sin soltar el arma a preguntar hacía donde se dirigían, con una lámpara apuntada directamente a los ojos del conductor. El, con las pupilas dilatadas diría que solo la iría a dejar a su casa. “Bien, te recomiendo que te vayas directo a tu casa ya que hay muchos malitos en carros como el tuyo”.

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Cuando recuerdo mi ciudad, la recuerdo toda. No omito sus debilidades, no omito el sonido de granadazos en la noche mientras trataba de dormir, no omito lo flaca que estaba Sofía cuando regresó ni su mirada. Sin embargo la vida sigue. Ambas vivimos en la Ciudad de México, por decisiones previas al estallido de violencia. Muchos de los que nos fuimos vivimos solos, tenemos que pagar recibos, comprar víveres, todo se cura con Tylenols, se olvidan las llaves de la casa, se desayuna leche light, algunos desayunan cigarros y se come cuando uno se acuerda de comer. Pero sobre todas las cosas contar el uno con el otro, porque aunque nos encontremos alejados de Tampico seguimos siendo tampiqueños, porque no somos víctimas, por el amor hacia los que se quedaron, por haber crecido juntos, por que los padres de tus amigos eran tus “tíos”, por los del Americano, los del Felix, los del Cultural, El rol, los litros, las tortas de la barda, los taquitos de barbacoa, las lanchas, la playa, los martesitos entre amigas, los novios que fueron y sobre todo porque la vida para nosotros solo tiene sentido hacia delante.

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